Por: Rocío Zamanillo Campos
Simultáneamente
a la fiebre de la plata y el oro que se iniciaron con las colonizaciones y
masacres de América latina hace varios siglos, también hubo una fiebre del
azúcar de caña, el cacao, el algodón y el caucho que llevó al arrasamiento de
bosques y empobrecimiento de las tierras que antes eran ricas y destinadas al
cultivo de abastecimiento,
suficiente y enriquecedor para sus poblaciones y sus tierras.
La
avaricia europea llevó a utilizar a las gentes latinas para el monocultivo
extensivo y avasallador de sus propias tierras, llevándolos a la quiebra, pues
el auge del negocio azucarero no duró mucho tiempo, dejando un desierto
infértil que aún hoy no se ha recuperado.
Es precisamente en esa parte del planeta Tierra dónde
se encuentran las regiones con un índice mayor de subnutrición y en cuyas
plantaciones subsisten todavía prisiones privadas; pero los responsables de los
asesinatos por subalimentación-dice René Dumont- no son encerrados en
ellas, pues son los mismos que tienen las llaves.
De aquellos tiempos coloniales nace la costumbre,
todavía vigente, de comer tierra. La falta de hierro provoca anemia; el
instinto empuja a los niños a compensar con tierra las sales minerales que no
encuentran en su comida habitual, que se reduce a la harina de mandioca, los
frijoles y, con suerte, el tasajo (trozo de carne macerada y seca).
Antiguamente, se castigaba este vicio poniéndoles bozales a los niños o
colgándolos dentro de cestas de mimbre a larga distancia del suelo.
En la actualidad, la agroindustria, que ha creado
hambre y enfermedades de igual forma, está contribuyendo al mayor acaparamiento
desde los tiempos de Colón –comentario
adaptado de Vandana Shiva, luchadora India ecofeminista que recibió el premio
nobel alternativo en 1993.
De hecho, a fecha de hoy, existen datos de cómo el capital financiero de bancos
de inversión, petrodólares de algunos estados o cuentas corrientes de grandes
empresas agroalimentarias están haciéndose con las mejores tierras fértiles que
se sitúan una vez más en el Sur Global.
El acaparamiento de tierras también incluye la
invención por parte de líderes políticos y especuladores de los mercados
mundiales de cualquier estrategia alimentaria (entre ellas el fomento del cultivo
y comercialización de semillas transgénicas) a costa de dejar a poblaciones
enteras sin lo más elemental de nuestras vidas, los alimentos que tomamos y con
ellos, nuestra supervivencia –comentario
adaptado de Rosa Regàs, escritora.
En definitivas cuentas, se repite de una forma
subliminal y más sofisticada, la invasión de territorios. Bajo la máscara de
los alimentos transgénicos tan admirados por algunas comunidades científicas se
esconde el monstruo de las semillas transgénicas suicidas, programadas para
nacer una sola vez haciendo que su descendencia sea estéril. De esta forma los
mercados mundiales se están apropiando de tierras ajenas, sometiendo de nuevo a
sus campesinos a cultivar algo que no conocen a cambio de un salario
insuficiente para comprar apenas algo de comida que ni siquiera pueden cultivar
y que para pagar el precio de su importación deben destinar hasta el 80% de sus
ingresos. El objetivo de esta expropiación es cultivar a gran escala cereales
transgénicos infructíferos para importar a sus países nórdicos y alimentar un
ganado insalubre o destinar a la generación de agrocombustibles, por miedo a
las amenazas del petróleo en extinción. Teniendo en cuenta que de las semillas
se derivan todos los nutrientes que fisiológicamente necesitan todos los
animales de la Tierra incluidos los humanos, llegamos al hecho ya real de que
el monopolio agroalimentario (solo 10 multinacionales controlan el 70% del
mercado mundial de semillas) tiene en sus manos y cada vez más la decisión de
qué, cómo, cuándo y quiénes comerán o por lo contrario morirán.
Una vez dicho esto podemos introducir el concepto de
soberanía alimentaria. Introducido por la Vía Campesina en la Cumbre Mundial
sobre la Alimentación de la FAO de 1996 responde al derecho de cada nación a mantener
y desarrollar su capacidad de producir alimentos básicos, en lo concerniente a
la diversidad cultural y productiva. La soberanía alimentaria pues implica
devolver el control de los recursos naturales, como la tierra, el agua y las
semillas a las comunidades y a las y los campesinos y luchar contra la
privatización de la vida. Si entendemos esto, podemos deducir fácilmente que
patentar las plantas, los animales y/o sus componentes supone claramente la
pérdida del control sobre los recursos que usan y conocen los campesinos. Y
precisamente, la incorporación de los alimentos transgénicos al mundo actual,
promovido esencialmente por una ciencia especuladora controlada por los
mercados, pretende esencialmente patentar semillas. Con la excusa de estar aportándole
un valor añadido de origen biotecnológico a una semilla, se consigue patentar
por ejemplo arroz dorado, maíz Bt11, DAS1507, NK603, DAS59122, GA21, MON 810, NK 603, MON 863, MON88017, T25, MON89034, MIR604, patata EH92-527-1, soja MON89788, MON40-3-2, MON87701, 356043, A2704-12, A5547-127, remolacha H7-1,
colza GT73, MS8, RF3, T45 y algodón MON1445, MON15985, MON531, LLCotton25, GHB614, 281-24-236x3006-210-23, por tan solo tres empresas
a nivel mundial, Monsanto, Bayer y Pionner. De esta manera, la ciencia pasa a
perseguir fines lucrativos de unos pocos en contraposición a su definición
histórica de ampliación del conocimiento en sí mismo y aplicación práctica en
beneficio de todos los seres humanos. Si Monsanto y sus colegas hubieran hecho
sus propuestas en la Edad Media irían directos a la hoguera. Y si remontamos a
la memoria histórica religiosa, la Inquisición sería una buena comparativa a lo
que actualmente suponen el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la
Organización Mundial del Comercio (OMC). Curiosamente, los precios del trigo,
la soja, el arroz y el maíz subieron en un 130%, 87%, 74% y 31% respectivamente
en 2008 según el Índice de Precios de los Alimentos de la FAO. En ese mismo año
se puso de moda comer tortitas de barro con sal en Haití.
Dijeron que los transgénicos paliarian el hambre
mundial y el libre comercio permitiría el acceso por parte de toda la
población, pero aún produciendo comida para 12000 millones de personas y siendo
7000 millones en el planeta Tierra, 1000 millones pasan hambre. Se ve
claramente cómo los transgénicos es justo lo que necesitaban los grandes para
poder hacerse con el control absoluto de todas las vidas humanas, es la nueva
herramienta descubierta, tras la lanza y la bomba atómica, llegó el Potosí del
siglo XXI.
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Y COMPÁRTELO


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